El lado sensible del rap en el Callao

El lado sensible del rap en el Callao
septiembre 4, 2020 Soledad Sevilla Mendoza

La investigadora Liuba Kogan presentó en la FIL Lima 2020 su libro «Soltando lo tuyo». El rap emocional en el Callao, el cual constituye el primer acercamiento académico a este género y a sus exponentes chalacos.

En la década de los setenta se empezó a gestar el rap en las block parties de la zona sur del Bronx, en Nueva York. El inicio oficial del género se registra en 1979 con Sugar Hill Gang con su sencillo Rapper’s Delight. ¿Cómo un género como este, tanto tiempo después de su origen, tan lejos de aquí, ha empezado a ser un pequeño halo de luz en las calles más peligrosas del Callao?

El miércoles 26 de agosto, en la Feria del Libro de Lima (FIL Lima 2020), la socióloga e investigadora Liuba Kogan presentó el libro «Soltando lo tuyo». El rap emocional en el Callao, publicado por el Fondo Editorial de la Universidad del Pacífico. Esta investigación, hecha en coautoría con Franco Salazar y Diana Orihuela, no solo es el primer acercamiento académico al rap chalaco, sino que además ilumina un lado nunca antes tomado en cuenta: el componente sentimental dentro del rap que proviene de uno de los barrios más convulsionados del país.

El estudio identificó 22 agrupaciones de rap chalaco y una producción de 115 canciones. Y, entre todas ellas, se halló un subgénero: el rap emocional. «Encontramos que no solamente es una construcción del espacio lo que nos invita Liuba a recorrer aquí, sino también es una construcción de emociones», aseguró Alex Huerta, antropólogo y profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), quien acompañó la presentación del libro. Huerta consideró que la publicación es «un gran aporte, dado que la antropología de las emociones no está muy desarrollada en el Perú».

 

Las emociones dentro de un barrio duro

Arrepentimiento. Desesperanza. Soledad. Esta es la carga sentimental que los autores del libro han conseguido detectar dentro del rap emocional chalaco. Se plasma de diversas formas a lo largo de las canciones, dejando de lado un poco la dinámica del rap gangsta, para entrar en un discurso reflexivo de búsqueda personal y autoconocimiento. ¿Cómo se habla de las emociones dentro de espacios mayoritariamente masculinos, rudos y violentos, donde la confesión de lo que sentimos puede ser vista como debilidad?

El rap es la clave, opinó la antropóloga de la PUCP Mercedes Figueroa, segunda comentarista de la presentación. «El rap como manifestación creativa y performativa permite a estos jóvenes narrar vivencias y tratar temas que de otra manera no podrían ser tratados. Al menos para ellos». Es así que la condición de artistas de la que gozan los raperos chalacos les permite hablar de sentimientos desde el plano individual hasta el colectivo. El rap pasa de ser música y poesía a verbo vivo y reflejo de una comunidad, a ser una fotografía del interior de muchos jóvenes nacidos y crecidos en el primer puerto del país.

Ese fue el gran hilo con el que empezó a hilvanar la autora: «Lo que nosotros hicimos fue analizar esto que parecía un contrasentido. Que personas que viven en barrios muy violentos, que de alguna manera tenían que afrontar situaciones dramáticas como víctimas o victimarios, puedan tener una gran capacidad reflexividad sobre emociones tan profundas», dijo Kogan, quien también es profesora de la Universidad del Pacífico.

La dinámica social de los raperos chalacos

El libro, desde luego, también recoge los comentarios y los puntos de vista de los propios artistas de rap, lo que hace una propuesta muy nutritiva en cuanto a perspectivas. ¿Qué es lo que quieren los raperos del Callao? Lo que cualquier otro joven, anotó la autora: oportunidades lejos de la precariedad, la injusticia y la violencia.

Otro de los comentarios de Alex Huerta durante la presentación fue citar a la poeta y activista afroamericana Maya Angelou, lo que ofrece una mirada más general de las implicancias que puede tener el hip hop. La cita que escogió dice: «La poesía se define según la época, y el hip hop, por lo tanto, es poesía. Y como poesía no podemos vivir sin ella. Necesitamos un lenguaje en el cual podamos explicar que los dolores y las glorias de nuestras existencias existen. Estamos caracterizados por la necesidad de crear historias, canciones y poemas. Y seguimos creando. Viva el hip hop».

Desde esa perspectiva, el libro es interesante como un archivo de las narrativas de estos jóvenes, pero también como un aporte para la creación de políticas públicas que incluyan el rap ―y el hip hop, en general― y contribuyan al nacimiento de asociaciones que lo usen como vehículo para acercarse a los jóvenes en situación de vulnerabilidad. Ya está funcionando esta dinámica en algunos puntos del país, con espacios de discusión, aprendizaje e, incluso, de acción política. Y es natural porque, en muchos casos, mientras se escribe y graba rap, la calle y la violencia pierden terreno en la vida.

«Es mejor que salgan palabras en vez de balas»: esta es una de las citas que le da rumbo al libro.

 

 

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